Isla de Tortuga

Desde que supe que en la Isla de Tortuga se filmó la película 1492, quería ir a ver esa isla – que bien especial tenía que ser si se consideraba el lugar ideal para reconstruir una llegada que en la realidad tuvo lugar en el otro lado del país, en el mar Caribe. Y desde Tango Mar es una buenísima opción.

En la recepción nos recoge Juan, quien será nuestro capitán hoy, para llevarnos a un pequeño muelle a pocos minutos, donde tomamos un barco (más pequeño que el de Colón, pero no nos fijamos en esos detalles…). Somos ocho en subirnos, algunos con la fe de una última aventura antes de emprender camino a Europa el siguiente día.

El sol brilla, la brisa es cálida, el paisaje alrededor precioso y el agua nos salpica un poco mientras zarpamos con buena velocidad hacia la isla.

 

 

De repente para el motor. Extrañados nos miramos unos a otros. ¿Algún fallo? Pero Juan tiene todo bajo control. “Delfines”, dice tranquilo. Y efectivamente, unos momentos después los vemos también. No uno o dos, sino varios, jugando en el agua. Brincando, nadando debajo del barco, a la par, casi como saludando. ¡¡Qué emoción!!

 

 

Nos quedamos un ratito, felices por esta suerte inesperada, admirando los elegantes animales. Casi tristes cuando Juan vuelve a arrancar, pero nos tiene otra bella sorpresa. Ya cerca de la isla, a la par de una roca vigilada por grandes garzas, nos tiende un snorkel a cada uno, y nos invita a echarnos al agua. Peces de muchos colores, pequeños, en grandes cantidades. Demasiada belleza.

 

 

Por suerte, Juan nos mantiene un poco apartados de las embarcaciones más grandes, desde donde – contrario a las consignas – se tira alimento al agua para que los peces lleguen y se puedan admirar desde allá. Disfrutamos al verlos en sus hábitos naturales.

Llegamos a la isla. Durante mucho tiempo casi virgen y desolada, ahora es un lugar ya bastante turístico. De unos altoparlantes suena música alegre, jóvenes juegan voleibol y varias líneas de sillas de playa bordean un extremo de la playa. La playa está bastante llena, no obstante, Juan logra encontrarnos un lugar un poco alejado, desde donde podemos disfrutar en casi silencio la belleza del lugar.

 

 

Sólo una parte de la isla, como cada playa en el país, es pública. Una vez pasada la playa, ya bajo la sombra de los árboles que la bordean, parece otro mundo. Descubro una familia de saínos caminando ociosos, un venado cola blanca, unos iguanas.

Se acostumbraron ya a la presencia de humanos: las iguanas caminan entre las mesas y algunos saínos valientes se aventuran incluso hasta la playa, en búsqueda de algo comestible dejado por los turistas. Pero no hay basura, y regresan a su propio lugar.

Disfrutamos de un delicioso almuerzo, chapuzamos un rato en el agua y luego ya es hora de regresar – el día se fue volando de nuevo. Ha sido otra bella experiencia.